sábado, 20 de junio de 2015

EDUCACIÓN Y HECHO SOCIAL

    Es evidente que, en todas las nuevas redes de vinculaciones sociales, de construcciones de subjetividades y saberes, no es posible pensar la educación desde un espacio reduccionista exclusivo del aula.      

   En los discursos hegemónicos actuales, las líneas educativas anarquistas plantean, a partir de un proyecto nacional centrado en el patriotismo y la uniformización de las personas, atacar la postura de la educación estatal, con el fundamento de la anulación de la individualidad.

   La clase dominante tiende a generar personas que repitan y vivan el discurso hegemónico. Es evidente, en las prácticas educativas cotidianas, que se use para estos fines el ritual, la fiesta escolar, los actos patrios y las figuras de algunos próceres. Para los que hacemos educación, es muy importante analizar estas manifestaciones pedagógicas, ya que construimos en nuestros adolescentes modelos políticos y económicos que pueden llegar a atentar contra las líneas de la libertad, igualdad y derecho político.

    Carlos Vergara, plantea un paradigma de la educación centrado en un sujeto con derecho. Implica que, todos los que están en condiciones de acceder al saber socialmente significativo, lo realicen a partir de esta inclusión por derecho natural.

    A raíz de esta conceptualización, se desprende la interacción entre educación y hecho social. Hay una valoración del sujeto desde la pertenencia identitaria a un entramado social. Esta participación social también debe ser educada, se deben experimentar acciones solidarias en las organizaciones sociales y populares. O, al menos, si no es posible esa interacción, que sean partícipes de Centros de Estudiantes o cualquier asociación estudiantil.


    Para finalizar y relacionar esta construcción de un sujeto con derecho, es fundamental tener en cuenta un concepto presentado por José Mariátegui: la revolución.

    Desde el momento en que plantea un sujeto plural, latinoamericano y revolucionario, atraviesa este último desde diversas variables. Como plantea también la nueva escuela o el escolonovismo, hace falta una revolución pero desde la educación. Mariátegui, siguiendo esta línea, la presenta desde ese momento ético político necesario y la caracteriza desde la circulación de la palabra.

    Esta circulación de la palabra, la construcción de los discursos educativos, está en manos de los docentes, que deberían tener presente en todas las acciones aúlicas el paradigma de la pregunta y la duda, para generar en los sujetos los cambios necesarios para interactuar en todas las dimensiones pedagógicas.

    El análisis y reflexión de estas posturas político educativas, despliegan una nueva visión del acto educativo. No debemos aceptar la educación como exclusiva del ámbito escolar. Es primordial definirla desde su componente social, como una interacción entre lo formal y las organizaciones sociales. De esta manera, no será un hecho que involucre a los actores netamente escolares, sino que ampliaremos la responsabilidad en el proceso de apropiación, no solo a las organizaciones sociales y populares, sino, y de profunda importancia, a las familias.



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